martes, 2 de marzo de 2010
LACRAS
Hoy es como un día de playa que amanece perfecto, con el sol radiante que toca la piel que se estremece por el cálido abrazo. La arena se estría infinitas veces compactada por las ruedas de las máquinas que la acicalan cada mañana y la dejan perfecta a la espera de la llegada de sus visitantes. Pero, al llegar, algo no va bien: es el olor, primero, y, más tarde, es el arco iris que flota en la superficie de las aguas. La oleosa piel del hombre que impregna de hedor todo a su paso. Entrañas vacías que desconocen la profundidad ajena, la profundidad donde se encuentra la salvación. Pero esas entrañas hediondas nada saben de salvación, ni del mar, ni del cristal de su superficie, ni de la vida que rebosa debajo. Nada han oído del perfecto universo que rodea las cosas, ni saben de su existencia. No lo entienden. Así como la oscuridad es la ausencia de la luz y el mal la del bien, su vacuidad desprende bramidos repugnantes que atraen lo sucio, lo vil, lo alevoso y los siete pecados se incomodan en su abismo aterrador, en ese negro averno que castiga, tal vez, con el mayor gesto de impiedad, a quien de él nunca ha intentado salir: la soledad.
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